Vanka despertó aquella mañana un tanto agitado, sin razón alguna. Era una fría mañana de diciembre en Moscú y, aunque era muy temprano, ya se podía escuchar a la gente en la calle. Fue, lento y cansado, a buscar su desayuno, un durísimo pedazo de pan. Ya no soportaba esa tediosa rutina, esa miseria diaria lo entristecía y deseaba escapar. Su abuelo no daba señales de haber recibido su carta pidiendo ayuda y en aquella casa lo trataban cada vez peor. Extrañaba las tardes en el pueblo, tan tranquilas y hermosas, en las que pasaba horas tocando aquel acordeon que le había regalado su madre antes de morir. Extrañaba a sus amigos, extrañaba hasta el balido de las ovejas, extrañaba todo lo que era su antigua vida en la aldea. De repente escuchó un grito y lo golpearon. Era la maestra que lo retaba por haberse quedado pensando, -¡Ve a comprar vodka! Ya no queda- le dijo molesta. Le dio el dinero y lo apuró, Vanka salió, con mucho frío. Era pleno invierno y había mucha nieve. -Tengo que escapar- se dijo a si mismo -Si sigo así moriré-. De repente desvió la vista hacia una de las tantas vidrieras que había en esa calle y vio unas botas, ¡Justo lo que necesitaba para escapar! No lo pensó un segundo más y entró a aquella tienda. Usó el dinero del vodka y las compró, al salir, se dio cuenta de que no podría volver para buscar sus cosas o no conseguiría escapar. Decidió que no eran tan importantes después de todo, se calzo las botas y emprendió camino.
De repente se vio en los límites de la ciudad, frente a varios caminos ¿Pero dónde quedaba su aldea? Ya lo había olvidado... Empezaba a oscurecer. No había nadie a quien pedirle direcciones... Vanka tenia frío, ya no podía volver... Pasaría la noche allí... ¿Allí?.. Si, no le quedaba otro lugar...
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Hace 4 años

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