domingo, 28 de diciembre de 2008

Vanka

Vanka despertó aquella mañana un tanto agitado, sin razón alguna. Era una fría mañana de diciembre en Moscú y, aunque era muy temprano, ya se podía escuchar a la gente en la calle. Fue, lento y cansado, a buscar su desayuno, un durísimo pedazo de pan. Ya no soportaba esa tediosa rutina, esa miseria diaria lo entristecía y deseaba escapar. Su abuelo no daba señales de haber recibido su carta pidiendo ayuda y en aquella casa lo trataban cada vez peor. Extrañaba las tardes en el pueblo, tan tranquilas y hermosas, en las que pasaba horas tocando aquel acordeon que le había regalado su madre antes de morir. Extrañaba a sus amigos, extrañaba hasta el balido de las ovejas, extrañaba todo lo que era su antigua vida en la aldea. De repente escuchó un grito y lo golpearon. Era la maestra que lo retaba por haberse quedado pensando, -¡Ve a comprar vodka! Ya no queda- le dijo molesta. Le dio el dinero y lo apuró, Vanka salió, con mucho frío. Era pleno invierno y había mucha nieve. -Tengo que escapar- se dijo a si mismo -Si sigo así moriré-. De repente desvió la vista hacia una de las tantas vidrieras que había en esa calle y vio unas botas, ¡Justo lo que necesitaba para escapar! No lo pensó un segundo más y entró a aquella tienda. Usó el dinero del vodka y las compró, al salir, se dio cuenta de que no podría volver para buscar sus cosas o no conseguiría escapar. Decidió que no eran tan importantes después de todo, se calzo las botas y emprendió camino.
De repente se vio en los límites de la ciudad, frente a varios caminos ¿Pero dónde quedaba su aldea? Ya lo había olvidado... Empezaba a oscurecer. No había nadie a quien pedirle direcciones... Vanka tenia frío, ya no podía volver... Pasaría la noche allí... ¿Allí?.. Si, no le quedaba otro lugar...

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